Desde aquella clase pequeña y poco iluminada observaba el exterior. Aquella ventana me separaba de la libertad. Ese era el instituto al que estábamos obligados a ir. La sombra que hacían las rejas de protección de las ventanas me resultaban muy parecidas a los barrotes de la jaula de un preso. Además, por la cara que tenían todos los alumnos se deducía que estábamos amargados. El profesor nos llamaba la atención con fuertes gritos que nos asustabaan y nos hacían callar como a ovejas. El profesor era como un soldado en un campo de reclusión.
Sonó el timbre. Nos indicó que debíamos salir fuera, al patio, al paseo diario y al bocadillo "albaalizado". Y ahí, con el suelo embarrizado o árido, todos observábamos con cara triste la libertad anhelada, a otras personas que estaban detrás de las vallas. Aquellas vallas que tantos chicos habían intentado saltar para ser libres y que tantas veces habían sido pillados por algún profesor, que les aportaba un brutal castigo por intentar escapar. Sólo queríamos intentar ser libres...
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Desde mi cómoda silla y mi espacioso pupitre observaba cómo por la ventana entraban unos rasdiantes rayos de sol que iluminaban la clase. El profesor, con el que teníamos mucha confianza, explicaba su agradable e interesante lección. Todos atendíamos alegremente y con entusiasmo. De vez en cuando charlábamos entre compañeros sin haber un gran murmullo. Sonó unos breves compases de música clásica y salimos al espacioso y frondoso bosque que había en el patio. Allí podíamos observar cómo los árboles se movían lentamente con el aire y los pájaros revoloteaban como en una película de dibujos animados de Disney. Algunos chicos jugaban al fútbol, mientras que otros charlaban tarnquilamente al sol o bajo la sombra de un olmo.
Raquel Antequera Martín 3º A
No hay comentarios:
Publicar un comentario